Risa Opaca
Estaba Iván, un niño de 9 años, lanzando pequeñas piedras
hacia la ventana de su amigo “Betito” como cada sábado a las 5 de la tarde. Él vivía en el 3 piso, por lo que no se le
dificultaba a Iván atinarle. Llevaban 2 años conociéndose, desde que Iván se mudó
a eso departamentos. Mientras que Betito pedía permiso para salir, Paula, que
había visto por la ventana a Iván, se apresuró a bajar. Ella siempre se colaba
a los planes de ellos dos, pero empezaba a no importarles. No eran tan
diferentes entre ellos. Los tres tenían la misma edad, iban a la misma escuela
y les encantaba jugar a “las traes”.
Esa tarde no fue tan diferente. Ya que todos los martes,
desde que abrieron la heladería en la esquina, iban los tres a comprar una
paleta de $5 pesos. Siempre de regreso discutían el capítulo de su programa
favorito y molestaban a Paula diciéndole que lo que ella opinaba estaba mal y reían
a carcajadas. Terminaban su tarde dibujando en el asfalto con gis.
Lo que cambio ese día fue que a Betito lo mandara a
llamar su madre antes de las 7, la hora acordada para entrar. Iván y Paula le
dijeron que tal vez se había confundido de hora y que se quedara un rato más.
Pasó un rato y, como era costumbre, los niños dibujaban
dinosaurios aplastando ciudades o aviones y carritos, mientras que Paula hacia
flores y a su gato “Pushen”. Estaban tan concentrados que no se dieron cuenta
que la mamá de Betito se acercaba a ellos. Paula dejó caer su pedazo de gis y
llevo sus manos directamente a su boca. La mamá de Betito había llegado,
bruscamente, a gritarle reclamándole. Además lo jaloneaba y arrastraba mientras
que Betito lloraba.
Iván estaba asustado. Nunca había visto a la mamá de
Betito actuar así, ella siempre había sido amable. No sabía qué hacer y volteó
a ver a Paula, que estaba petrificada con lágrimas en su cara, y la tomó en
brazos hasta que se calmara pero tardó mucho. Betito y su mamá ya se habían ido,
Paula seguía respirando muy rápido, así que Iván la apartó y le dijo se fuera a
su casa pero que no le contara a sus padres. Pensó que eso es lo que hubiera
pedido su amigo.
Iván llegó a su casa aun en shock, pensando en que pudo
haber pasado para que se alterara así. Prefirió ignorar lo que pasó y se puso a
terminar su tarea para poder merendar.
Al día siguiente en la escuela, Iván esperaba a Betito en
la banca donde siempre se sentaban en los recreos. Él nunca llegó.
Pasaran dos días en los que Iván no sabía nada de su
amigo. No iba a la escuela, no respondía sus llamadas y tampoco le abrían la
puerta, aunque él supiera que sí había gente por los gritos que se escuchaban.
Eso no era lo más extraño, si no que a Paula también ya casi no la veía y no sabía
por qué. Decidió hacer algo que jamás pensó hacer, ir a tocar a su puerta.
Llegó y lo dudó por un momento pero lo hizo. Casi al
instante le abrió Paula. Había algo raro en ella, como si sus colores, de piel,
ojos y cabello, se hubieran opacado. La invitó por un helado pero ella dijo
estar muy ocupada y, sin que Iván pudiese decir algo, ella cerró la puerta.
¿Qué estaba pasando con sus amigos? Nunca había pasado. Él
se preguntaba si el que estaba raro o diferente era él. De tanto pensar se
estaba revolviendo y prefirió preguntarle a su mamá qué opinaba. A ella se le hizo
un poco raro pero no le dio importancia y respondió lo que todos los adultos solían
decir: “son solo niños”. A Iván le molestaba mucho esa frase pero pensó que tal
vez si estaba exagerando.
A la semana la bomba explotó y se dio cuenta que no
estaba exagerando.
Llego a la escuela como cualquier otro día, la diferencia
era que ese día les iban a dar pláticas de sexualidad. Ya les habían avisado de
esto dos semanas antes y, aunque no habían hablado tanto Iván y Betito, se
quedaron de ver afuera del auditorio.
Betito llegó cabizbajo. Iván notó que tenía una costra en
el labio y quería preguntarle, pero decidió no hacerlo. Entraron al auditorio y
vieron que Paula, con la que no habían hablado nada en estas últimas semanas, estaba
sentada en la esquina de la última fila de sillas y fueron hacia allá.
Había un silencio muy incómodo. Iván extrañaba el sonido
de las carcajadas que solían soltar y el dolor en el abdomen que se disfrutaba
después de estas. Sintió un gran nudo en la garganta al ver a sus dos mejores
amigos serios y sin que él pudiese hacer algo.
La conferencia empezó e Iván podía notar como Paula se
empezaba a inquietar y se agazapaba en la silla. Era como si estuviera siendo
golpeada por dentro. Se veía cómo sufría. Quiso consolarla y coloco su mano en
su brazo, a lo que ella respondió con un brusco movimiento para quitarlo y,
entre lágrimas, le gritó que se alejara. Todo el auditorio estaba callado
viendo la cara de angustia de Iván. Mejor se levantó y salió. Seguido de él
estaba Betito sin expresión alguna.
Iván ya estaba harto de no saber qué hacer, por no saber
qué pasaba. Tomó valor y afuera del auditorio se giró y le reclamó a Betito por
qué no le contaba qué sucedía. Este lo empujó y le dijo que no tenía derecho de
reclamarle, porque no entendería. Iván suplicaba que le contara prometiéndole
que entendería. Al no tener ánimos de continuar discutiendo, Betito le dijo que
su padre lo golpeaba. Iván no supo cómo reaccionar, así que hizo lo mismo que
con Paula, y puso su mano en su brazo y le dijo que lo ayudaría en todo lo que
pudiera.
Hoy en día Iván tiene 18 años y aún extraña esas
carcajadas, porque después de ese día nada fue igual. No terminaron su amistad,
pero entre los tres era muy incómodo en ocasiones. Al recordar esos hechos, Iván
se pregunta porqué fue tan inocente e ingenuo. ¿Cómo no pudo darse cuenta?
¿Cómo no vio que la luz de sus amigos se iba apagando? La única respuesta que
encuentra a estas preguntas es esa odiada frase de “son solo niños”. Pero es
verdad, tan solo era un niño. Un niño que no le veía el mal a nada. En lo único
que pensaba era en divertirse con sus amigos y reír.
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